Cuando empecé el taller de escritura el semestre pasado inicié una serie de observaciones en la clase para ver cómo trabajaban los estudiantes, lo que hacen, o dejan de hacer mientras escriben. Así que me preparé una parrilla, siguiendo la que aparecía en Reparar la escritura de Cassany, que utilizo todas las semanas con ellos. A medida que avanzan los semestres me toca poner en orden en mi cabeza, y a veces por escrito, toda la información que voy obteniendo de los estudiantes, no solo de las observaciones, sino también de los cuestionarios que he hecho desde que empezamos, las tutorías, además de lo que van escribiendo, en el blog fundamentalmente.
Nada más empezar con las observaciones me di cuenta de que, antes de empezar con ellas, había notado conductas en mis estudiantes a las que no prestaba la atención que tal vez se merecían. Por ejemplo, el uso que hacían la mayoría de ellos antes de ponerse a escribir de los diccionarios on-line (SpanishDict y Wordreference). En el laboratorio, donde todos tenemos ordenadores con conexión a Internet, es inevitable que los usen a veces de manera compulsiva. ¿Por qué compulsiva? Algunos estudiantes, no están tranquilos hasta que han buscado el significado de TODAS las palabras que no entienden en un texto. Cuando escriben, si están cerca del ordenador, el problema es el mismo. Parecen depender mucho de los diccionarios y también de los traductores en línea. Si bien no tengo problemas con el uso de los traductores, intento prevenirles de los posibles problemas. Hay veces también en que traducen oraciones, párrafos o incluso párrafos enteros del inglés al español, y piensan que como el resultado son palabras españolas, tiene que ser correcto. Sin embargo, suelen estar plagados de errores de concordancia y sentido. A veces lo hemos usado, en el caso de tener dudas sobre lo que alguno de ellos quiere expresar, o sobre el significado exacto en inglés de una palabra… pero aparte de verificador de dudas, no sé muy bien qué más aplicaciones didácticas útiles podrían tener.
Otro de los aspectos que más me ha interesado es la actitud que adoptan durante el proceso de composición. Es curioso comprobar cómo los que más tranquilos están son también los que más escriben, con menos nerviosismo y disfrutando más de la tarea. Por el contrario, los que están nerviosos o intranquilos, muestran más inseguridad, por lo que suelen tardar mucho antes de empezar a escribir: miran el diccionario en línea, Facebook, hablan con los compañeros, miran al techo… Una vez que se relajan, es cuando pueden concentrarse y dedicar sus energías a aquello que tienen que hacer.
Llegados a este punto, me gustaría hablar de una de las principales dificultades a las que me he enfrentado en el taller: la falta de tiempo. Uno de mis objetivos principales era prestar mucha más atención a las destrezas de los estudiantes y los distintos estadios del proceso de composición (generar y organizar las ideas, organizar el texto, revisar en solitario y con compañeros sus escritos), pero la realidad es que no hemos podido hacer esto tanto como quisiera. Es decir, en dos horas a la semana hemos de leer, escribir, aprender a revisar sus textos y los de sus compañeros, trabajar con distintas técnicas de escritura, analizar las características de los diferentes tipos de textos, organizar las tareas y el trabajo en grupos, etc., mientras aprenden español. A veces me surgen muchas dudas, porque las unidades las he planeado casi como una clase normal (escuchamos audios o vemos vídeos, hablan con sus compañeros, dramatizan textos, buscan diferencias entre fotografías, debaten sobre un tema…), aunque casi todo esté focalizado en torno al aprendizaje de la producción escrita. Claro, las dudas me surgen cuando leo sobre talleres de escritura, especialmente con nativos, en los que después de minilecciones o exposiciones por parte del profesores de unos 15 minutos, los estudiantes se dedican a escribir o corregir sus textos el resto del tiempo. Aunque, cuanto más lo pienso más creo que trabajar solo así no resultaría…
